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Serbia
Kosovo, how to survive after wars
Al asomarme a la ventana, casi sin quererlo, me convertí en observador pasivo. Llegue al cerramiento más bien por curiosidad, oía estruendos y quería saber su origen. En el contrafrente del edificio había una especie de estacionamiento, y alli, niños de seis, siete u ocho años (o quizás todos) hacían explotar petardos. La diversión estaba en el ruido, en la explosión que provocaba. Mayor coraje significaba menor distancia ante la mecha. Y la mecha,el hilo, es la distancia que separaba ese juego de una realidad. No fueron los únicos que encontraban en eso sus pasatiempos, pues días anteriores me había percatado de esa actividad ludica en otros sitios, como si eso tuviera la misma categoría que el juego de la mancha aquí
(Aquí es Argentina para mí). Busco la ventana que mira hacia el otro lado, hacia la calle, ahí lo lógico, gente caminando por la vereda, y autos circulando por las calles, uno de cada cinco era una camioneta de las naciones Unidas. Como el invierno se aproxima, busco el buzo polar y bajo a mezclarme entre la gente. Ya dejo la mirada expectante a cambio de la contemplación curiosa. De fondo, se oye el sonido de los grupos electrógenos que los comerciantes se permiten comprar, una melodía de motor como si la ciudad misma fuera una maquina que necesita de ellos para arrancar, para ponerse en movimiento. La gente en la calle está obligada al silencio, o a hablar fuerte para contrarrestar el ruido circundante. Preferian el silencio, pero necesitaban, en cambio, ocupar su boca con algo. La mayoría lo hacia con un cigarrillo, mordiendo una cucharilla plástica de esas que te ponen con el café “Take away”, o rumiando las cutículas de las uñas. Aunque eso no era silencio, porque también hablaba de ellos.
La ausencia de luz, obliga, a quien se lo permite, a ir como moscas buscando lugares iluminados, los bares se llenan. Los que permanecen en sus casas son los que tienen su grupo electrógeno, que la gente común no tarda en diferenciar, son los políticos corruptos o los extranjeros enviados en misión especial. Porque en estos casos, la corriente eléctrica es un artículo de lujo. Y si el frío amedrenta las ganas de salir, bajo la llama de una vela comienzan las charlas, no habiendo opción de hacer otra cosa.
La claridad es entonces una metáfora, porque lo que sale a la luz son las palabras silenciadas. Sin generalizar, yo participe en una.
Uno de ellos señala el edificio pintado e iluminado que se ve a lo lejos: - Can you see? The fucking corrupted politicians! You know? It’s shit, men!. Su perfecto ingles suena a americano, pero el de las películas de acción hollywoodenses. Me resultaba llamativo, que, en esa lengua que no es nativa, lo que más salía de su boca fueran aquellas palabras. Han aprendido a expresar su bronca, y que se entienda en una lengua cuasiuniversal. A cada frase la cierra el you know?, o el fucking shit. Y él, luego de bajar su dedo que señalaba aquel edificio, me cuenta de su organización para luchar contra la corrupción de ese país, estado, región o provincia (porque ahí ellos tampoco pueden nombrarlo más que como simplemente kosovo) y me pasa las estadísticas:
Casi el 45% de la población es pobre (popullatës së Kosovës është e varfër), de ellos, el 15% son indigentes, el índice de desempleo (Papunësia) es del 50%. No hace falta explicarlo, pero la ecuación me deviene mas real pensando que uno de cada dos de los que cruzo en la calle no tiene trabajo. Y ahí esta la bronca, en el cigarrillo que se enciende, en la cutícula, en el fucking, en el shit. La promesa de país independiente hace la función de religión, los gobernantes la usan para que la esperanza de la gente amaine el poder de cambio, de reclamo o de movimiento social. El yugo (en una zona de la ex Yugoslavia, primer juego de palabras que me permito) que paraliza al pueblo, está en dos direcciones, por detrás, su pasado reciente de guerra, muerte, refugiados, perdidas, y por delante, la promesa de independencia (Aun Kosovo pertenecería a Serbia, pero el 90% de la población es de origen albano), entre esos límites están los ocho años de status quo. Gobiernos locales y Naciones Unidas hacen sus negocios, mientras tanto lo único que se mueve son sus alcancías en ese proyecto de reconstrucción de Kosovo. Es que allí me olvido de ver el casco antiguo, o de buscar vestigios de siglos anteriores, nada de eso queda, con suerte alguna mezquita, alguna casa pero ya abandonada, todo lo demás es reciente, por terminar. En los pueblos se nota aun mas, sobre escombros se edifican nuevas casas, ninguna está pintada (excepto algún hotel o bar por apariencia), los que más lejos llegaron ya tiene sus aberturas, los que aun están en ello, cubren con plástico los cerramientos. Cada tanto un terreno que funciona como cementerio, construido sobre la marcha, sobre la sangre derramada, para que los que quedan tengan un espacio donde recordarlos, llorarlos.
Pero las historias en esa charla con olor a cera siguen, el rostro de ellos lleva más años de los que su cuerpo data, entonces la conversación se desvía de la situación actual a su pasado de refugiados. El ejército serbio, a las ordenes de Milosevic, llevo a cabo una “limpieza étnica” en la región. La única resistencia eran acciones guerrilleras que sucumbían al poderío de millares de soldados, tanques, etc. La estrategia era quemar, destruir, borrar todo lo que sea no serbio. La población no sabía cuando vendrían
por ellos, no huían por miedo a toparse con el ejercito en su fuga, solo podían prepararse cuando ya estaban detrás, y correr, correr, salir como sea hacia Macedonia o Albania, donde se apiñaban en campamentos dispuestos por la ONU. Miles de personas haciendo largas esperas para recibir algo de comida, o agua,o lo que sea, bañarse una vez cada dos semanas y la sensación de haber dejado atrás todo lo que tenían. La única conexión con lo que pasaba era la radio, que relataba escenas de siniestro ensañamiento hacia lo diferente. Tras la “liberación” del territorio por parte de la OTAN, vuelta a
su lugar-sin hogar, particularmente mis compañeros de velada, uno volvió a una casa hecha cenizas, el otro tenia aun la construcción, pero saqueada, incluso las tapas de de las perillas de luz se habían llevado. Era ya otro viaje para mi, el sentido de la mirada quedaba relegado al del oído, que fotos iba a sacar, que curiosidad me llevaría a escribir, aquí había algo mas por conocer, la cicatriz de la Europa unida, el agujero por donde se escapan los ideales del europeísmo. El miedo a lo diferente, sumado al orgullo de lo propio es una llama que se expande creando odios, venganzas, racismo.
Ahí no quieren saber nada de ser parte de Serbia, estar bajo las ordenes de su propio asesino. En el mientras tanto, en el sello de mi pasaporte figura UNMIK que significa United Nations Mission in Kosovo. Todo es provisorio, todo pende, no de un hilo, sino de una mecha, la que usan los niños en el juego, intentando asimilar por ese camino, algo de lo no representado en sus propias vivencias. Sin embargo los recuerdos se filtran bajo la tenue luz de los relatos, en los rostros, en las cucharitas de café, en el cigarrillo.
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